La importancia de mirar al bebé cuando lo amamantas

Es una imagen clásica y de las más tiernas que existen: una mamá dando el pecho a su bebé y mirándolo. Muchas veces incluso el bebé mira a su vez a la mamá y ahí saltan todas las chispas del enamoramiento. ¿A que muchas habéis experimentado esa maravillosa sensación? Pues bien, nada en biología es casualidad. Cuando se establecen esas miradas se fomenta el vínculo y el apego (también cuando se da el biberón hay que hacerlo).

 

El blog Comunicación no verbal de 20 minutos, escrito por la psicóloga Alicia Martos explica muy bien esa necesidad:

Establecer un vínculo de apego entre madre e hijo en los primeros momentos de la vida de tu bebé es fundamental, de hecho me atrevería a decir ‘vital’ ya vimos el cruel experimento que demostraba las consecuencias fatales de la privación del afecto. No hay que descuidar los pequeños detalles que durante esta etapa son los que van forjando una construcción sana del autoconcepto, autoestima y seguridad.

Si hay anomalías en esta fase, pueden aparecer problemas de desarrollo y conducta más tarde. Algunos trastornos que se presentan en la vida adulta pueden tener sus raíces en este tipo de vinculaciones defectuosas realizadas durante los primeros seis meses de vida. Por tanto, no solo es necesario realizar los cuidados relacionados con el bienestar físico (comida, abrigo, aseo, limpieza o descanso) sino que también involucra los estímulos afectivos benignos o positivos.

Estos estímulos están muy relacionados con la comunicación no verbal, ya que son aquellos que nacen innatamente del deseo de amar a esa nueva criatura. Tienen que ver con el tono de voz dulce y suave, las sonrisas, caricias y abrazos, y la mirada constante a los ojos del otro.

Los bebés aprenden a reconocer el rostro de su madre en la lactancia. Alimentarse y mirar el rostro de la madre les permite crear esa relación de unidad en donde la madre le refleja lo que él le significa. La mirada que tiene lugar como parte de la función materna es el primer espejo en donde el niño empieza a diferenciarse y a reaccionar ante el otro, pues se percata de la respuesta que genera su presencia en el otro; de ahí la importancia de retribuir los constantes gestos, movimientos y sonidos que emite el pequeño, pues es el momento que se empieza a descubrir como persona.

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